miércoles, 19 de diciembre de 2007

La imagen como recurso expiatorio

El cine posee una técnica de reminiscencia,de sugestión psicológica, un dominio del detalle en personas y cosas,de los que el novelista, y en menor medida el dramaturgo podrán aprender.

(Thomas Mann)


Una de las formulas recurrentes de los realizadores y productores de medios audiovisuales, es precisamente la de limpiar sus culpas a través de esta expresión artística. No se trata de mostrar esa limpieza desde una concepción narrativa funcional, sino el planteamiento parte de una premisa valida: liberarse de los errores cometidos en el pasado y en algunos casos en el presente a cualquier nivel, o simplemente exorcizar los fantasmas, obsesiones y recuerdos que comúnmente asedian a los creadores de la imagen fílmica.

Partamos de un ejemplo clásico que nos ofrece mas claridad en torno a la propuesta aquí presentada: las películas del genero de guerra; el fenómeno Vietnam es su signo más evidente para la utilización de la imagen en movimiento como recurso expiatorio. Una especie de saldar las deudas con el que en su momento fue el enemigo, reparando el crimen a través de la ficción, así este haya sido cometido en una realidad histórica concreta, más cruel e inhumana de la que nos muestra la ficción.

Recordemos pues el nivel de sugerencia y de persuasión que la imagen movimiento puede producir en el cerebro, cumpliendo su función emotiva más no racional, porque esta ultima no interesa, no se llega un individuo sino a una masa ávida de entretenimiento fácil. A excepción del conflicto filosófico –político de una cinta como Apocalipsis Ahora, de Francis Ford Coopola, donde no existen los héroes ni villanos, sino seres humanos con sus dudasy temores frente a una guerra absurda e irracional, las anteriores versiones y las siguientes confrontan una visión altisonante y marcadamente política (Rambo y su saga). Como olvidar los primeros planos de un Marlon Brando al borde del delirio y la locura, lleno de un misticismo aberrante, mientras la brutalidad esta a pocos pasos.

Esa recurrencia no solo es valida en los filmes de guerra, en géneros como el trilher y el suspense, las condicionantes son parecidas, pero el discurso contiene una formula simple en apariencia. Aquí los personajes se mueven en un espacio enrarecido, predomina el factor sorpresa como hilo narrativo con algunos conceptos moralistas y un esquema establecido en el guión. Un autor como Alfred Hitchcock, que enfatizo predominantemente en las características psicológicas de los personajes, utilizando como única técnica la de incentivar y estimular el espíritu voyeur que todos los humanos tienen, era explícito en afirmar que la única manera de contar una historia en el cine era jugando con las emociones del espectador.

Esa expiación es un pretexto para manifestar las mas profundas convicciones del autor audiovisual, la mejor manera de quebrantar los fantasmas presentes y futuros, del mismo modo para fragmentar en planos, luces y sombras los miedos, perversiones y quebrantos del espíritu humano.

El recurso estético del cine como máxima conjugación del arte ha sido el sido el de expresar los grandes temas de la existencia humana, siguiendo el patrón que por siglos ha cuestionado a la humanidad: la lucha entre el bien y el mal con su escala de valores ya conocidas, unidos a conceptos tales como el dolor, la muerte, la existencia o ausencia de Dios. Estos mismos juicios filosóficos están presentes en cualquiera de los elementos de la imagen en movimiento, ya sea en los diálogos, la música, los silencios y el trabajo escénico, la imagen es manipulada y sublimada a juicio del realizador, de ahí la búsqueda y la concreción de limpiar los errores logrando un efecto de acción reacción, que tamiza con la razón para lograr cautivar al espectador.

Si se logra este cometido orientado en este sentido de realizador –espectador, y si este ultimo asimila la propuesta planteada después de todo un proceso de decantación racional-emocional, entonces los realizadores pueden respirar tranquilos, han sido exonerados de toda culpa en la ficción, aunque en la realidad aun existan en mayor o menor escala.

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