sábado, 22 de marzo de 2008

LA ERÓTICA DE LA CÁMARA


Recargar sobre un encuadre el goce estético con el propósito de seducir la pupila del espectador, es la función del director o realizador cinematográfico. Ese “ojo que mira” (la cámara) no es mas que la prolongación de las sensaciones, emociones y sugerencias motivadas por la necesidad de fragmentar en planos una realidad, para llevarla al limite de lo afectivo y hasta erótico, manejando de paso los estímulos del espectador.

No es ajena la agitación provocada al observar un filme de terror; ese sudor en las manos, el corazón que avanza aceleradamente, la adrenalina fluyendo por todo el cuerpo, la risa inexplicable, son signos inequívocos de un grado de excitación parecidos a los síntomas del enamoramiento.

Ese espíritu voyeur que todos y cada uno de nosotros llevamos dentro, esa compulsión de observar las intimidades y comportamientos de nuestros semejantes, sobresale cada vez que avanzan los encuadres y planos planteados por un realizador cinematográfico. Hay que aclarar que son diferentes los grados de excitación generados, no todos de origen sexual, pero la emoción es la misma, dependiendo básicamente del universo creado en cada película. La cámara suple durante dos horas la necesidad de exteriorizar sentimientos, emociones y experiencias que usualmente no contemplamos en nuestra realidad. Unido a la magia de ese enorme cuarto oscuro de proyección, donde podemos ocultar nuestras individualidades y compartir deseos a través de los personajes que desfilan en la pantalla.

La exploración de los sentidos recreados por ese “Ojo” es la disculpa del realizador de la imagen para afectar positiva o negativamente la razón y la sensibilidad del espectador. Son muchos los estímulos a los que se recurren: unas veces la luz entra en lucha con las tinieblas, en otras, las cualidades y potencias se expresan sobre los rostros y la mirada, o bien se exponen en espacios cualesquiera, mientras que otras veces revelan mundos originarios o se actualizan en medios supuestamente reales. Lo importante es provocar al contar una historia y esto lo saben los autores cinematográficos al inventar y componer, cada uno a su manera imágenes y signos.

Todo esto se facilita gracias a la actitud cómplice entre realizador-espectador y la cámara como enlace erótico expresivo. Esta complicidad se siente fortalecida cuando el espectador entra en una especie de trance, semejante al éxtasis y el sosiego post-amoroso, después de salir de una sala de cine. No es arbitrario entonces el intercambio entre los asistentes a ese acto de amor masivo que significa el disfrute de una buena cinta.

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